El problema
Un anfitrión que ha invertido en energía solar, en recogida de agua de lluvia, en un huerto, en un aislamiento de paja, aparece en esas plataformas exactamente al mismo nivel que un estudio con calefacción eléctrica. Su trabajo allí no se lee: la ecología es un filtro decorativo — un logotipo verde, una casilla que marcar, ninguna prueba.
Y la comisión cae pase lo que pase. Quince, veinte, a veces veinticinco por ciento, sobre gente que lo hace todo con sus manos. Muchos apenas se sostienen.
Lo que hacemos
Referenciamos esos lugares, los puntuamos según un baremo público de siete dimensiones, y nos apartamos. El viajero escribe al anfitrión, el anfitrión responde, y se entienden entre ellos.
Ningún pago pasa por nosotros. Ningún gasto de servicio para el viajero. Y para el anfitrión: gratis, de por vida, sin comisión — ni ahora ni más adelante.
No somos un intermediario. Somos un directorio exigente.
Lo que rechazamos
Conceder sellos — no es nuestro oficio, y nadie debería darse un certificado a sí mismo. Las únicas certificaciones que contamos son las de organismos externos independientes.
Amañar la clasificación — vendemos encartes y artículos, siempre señalados como tales. No vendemos ni puntos de eco-score, ni puesto en los resultados. La clasificación sigue a la nota, no al bolsillo.
Prometer lo que no medimos — no pretendemos conocer su huella de carbono. Preferimos decir menos, y poder demostrarlo.
Lo que no hemos resuelto
El transporte sigue siendo la primera partida de un viaje, y ahí poco podemos hacer — salvo destacar lo que se alcanza en tren, y contarlo en la puntuación.
Nuestro catálogo es pequeño. Preferimos decirlo antes que inflar las cifras. Crece despacio porque cada lugar se lee, se puntúa, y se publica con el detalle de su nota.
¿Lleva usted un lugar así?
Referéncielo. Es gratis, de por vida, sin comisión. Conserva el contacto directo con sus viajeros, y cobra usted mismo.